Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Desde sus disgustos, su tío había tomado la costumbre de leer un capítulo de la Biblia en voz alta a última hora de la noche. No leía muy bien, y a veces se atascaba en una palabra que acababa pronunciando mal; pero el simple hecho de abrir el libro calmaba a aquellos padres desconsolados; se sentían tranquilos y seguros en presencia de Dios y olvidaban las penas y los cuidados de este mundo, transportados al futuro que, aunque vago y oscuro, era para sus fieles corazones un reposo cierto y seguro. Este breve lapso de tranquilidad (Nathan se sentaba poniéndose las gafas de montura de carey, separado de la Biblia tan sólo por una vela de sebo que proyectaba una luz intensa sobre su rostro reverente y serio; Hester, al otro lado del fuego, concentrada y atenta, con la cabeza inclinada, que movía de vez en cuando, gemía un poco, pero decía fervorosamente «Amén» cada vez que se hablaba de una promesa o de algunas buenas nuevas de gran gozo; Bessy, al lado de su tía, quizá se distrajera un poco pensando en los problemas familiares, o tal vez en el ausente), esta breve pausa, digo, resultaba tan grata y tranquilizadora para la familia como una canción de cuna para un niño pequeño. Pero aquella noche, Bessy (que estaba delante del ventanal bajo, sombreado sólo por algunos geranios que crecían en el alféizar, y de la puerta contigua, por la que había entrado su tío hacía menos de un cuarto de hora) vio que el pasador de madera de la puerta se alzaba ligera y silenciosamente, como si alguien intentara abrirlo desde fuera.


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