Cuentos goticos
Cuentos goticos Bessy bajó las escaleras detrás de él y luego les iluminó hasta que salieron de la casa. No se atrevió a acompañarles mientras llevaban su carga hasta la esquina, tan fuerte era su temerosa convicción de que Benjamin andaba cerca, escondido, acechando para volver a entrar. Corrió luego a la cocina, cerró la puerta con pestillo y con tranca y empujó el aparador contra ella; cerró los ojos al pasar por la ventana sin cortinas por miedo a ver una cara pálida pegada al cristal mirándola fijamente. Los pobres ancianos yacían mudos e inmóviles, aunque Hester había cambiado levemente de postura: se había vuelto un poco de costado hacia su marido y le había puesto en el cuello uno de sus brazos marchitos. Pero Nathan estaba como le había dejado Bessy, con los paños húmedos en la cabeza, con cierto brillo de inteligencia en la mirada, pero serio y ajeno como un muerto a cuanto pasaba a su alrededor.
Hester decía algo de vez en cuando, una palabra de agradecimiento, quizá, o algo parecido; pero él no. Bessy los veló sin apartarse de ellos en toda la noche, tan aturdida y abatida que cumplía sus piadosos deberes como una sonámbula. La mañana de noviembre tardó en llegar. Bessy no advirtió ningún cambio antes de que llegara el médico a las ocho, ni mejoría ni empeoramiento. Le acompañaba John Kirkby, que no paraba de hablar de la captura de los dos ladrones.