Cuentos goticos
Cuentos goticos —Verás, soy un solterón y se me ocurrió ordenar un poco. ¿Cómo los ha encontrado, doctor?
—Bueno, los pobres han sufrido una fuerte conmoción. Les mandaré un calmante para bajar el pulso y una loción para la cabeza del anciano. Es bueno que haya sangrado tanto, si no, podría haberse producido una gran inflamación —y siguió dando instrucciones a Bessy para que se quedaran tranquilamente en la cama todo el día. Ella dedujo que no estaban a las puertas de la muerte, como había temido durante la noche. El médico creía que se recuperarían sin contratiempos, aunque necesitaban cuidados. Bessy deseaba casi que todo fuera de otro modo, y que tanto ellos como ella reposasen en el camposanto, tan cruel le parecía la vida, tan espantoso el recuerdo de la voz apagada del ladrón escondido cuyo reconocimiento la torturaba.
John siguió preparando las cosas del desayuno, con cierta destreza femenina. A Bessy le molestó un poco que se entrometiera, insistiéndole al doctor Preston en que tomara una taza de té, porque lo que quería era que se marchara y la dejara a solas con sus pensamientos. No sabía que lo hacía todo por amor, que el seco John de facciones duras pensaba lo enferma y desdichada que parecía, e intentaba con tiernos artificios que recuperara el sentido de la hospitalidad y se diera cuenta de que debía invitar al doctor Preston.