Cuentos goticos
Cuentos goticos Estaba más asustada que nunca, pero no se lo dije. Deseaba desaparecer de aquella espantosa casa para siempre con la señorita Rosamond; no quería dejarla y tampoco me atrevía a llevármela. Pero ¡ay, cómo la vigilaba y la protegía! Echábamos el cerrojo a las puertas y cerrábamos bien las contraventanas una hora o más antes de oscurecer, para no dejarlas abiertas cinco minutos más de la cuenta. Pero mi señorita aún oía llorar y quejarse a la niñita misteriosa, y pese a cuanto hiciéramos y dijéramos, no había forma de impedir que quisiese ir a buscarla y hacerla entrar en la casa para protegerla del viento crudo y de la nieve. Todo ese tiempo, me acerqué lo menos posible a la señorita Furnivall y a la señora Stark, porque me daban miedo: sabía que no podía haber nada bueno en ellas, con su cara pálida e impasible y su mirada perdida, recordando los años espantosos que ya habían pasado. Pero, a pesar del miedo, también sentía una especie de compasión, al menos por la señorita Furnivall. Ni siquiera los que han caído en el infierno pueden tener una expresión más desesperada de la que se veía siempre en su rostro. Al final, me daba tanta pena (nunca decía nada más que lo que se le sacaba a la fuerza) que recé por ella; y enseñé a la señorita Rosamond a rezar por alguien que había cometido un pecado mortal; pero, cuando llegaba a esas palabras mientras rezaba arrodillada, aguzaba el oído, se levantaba de pronto y decía: