Cuentos goticos

Cuentos goticos

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—Oigo llorar y gemir a mi niña y está muy triste… ¡Oh! ¡Déjale entrar o se morirá!

Una noche (justo después de que llegase por fin el día de Año Nuevo, y el largo invierno cambiara, tal como yo esperaba), oí sonar tres veces la campanilla del salón del ala oeste, que era la señal para mí. Pero no estaba dispuesta a dejar sola a la señorita Rosamond, por muy dormida que estuviera (pues el señor había estado tocando el órgano más frenético que nunca) y yo temía que mi niña querida despertara y oyera a la niña espectral; sabía que no podía verla. Había cerrado muy bien las ventanas para impedirlo. La saqué de la cama y la envolví en la ropa que encontré más a mano y bajé con ella hasta el salón, donde estaban las señoras bordando como siempre. Alzaron la vista cuando entré, y la señora Stark preguntó, muy sorprendida, por qué había sacado de la cama caliente a la señorita Rosamond. Y empecé a susurrar que porque me daba miedo que la tentara a salir aquella niña extraña de la nieve mientras yo no estaba, cuando ella me interrumpió (dirigiendo una mirada a la señorita Furnivall) y me dijo que la señorita Furnivall quería que deshiciese una labor que ella había hecho mal, y que ninguna de las dos veía bien para deshacerla. Así que dejé con cuidado a mi tesoro en el sofá y me senté en un taburete a su lado, armándome de valor, mientras oía el viento que arreciaba y aullaba.


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