Cuentos goticos
Cuentos goticos —Llamen a Hester Huntroyd.
Una anciana, que evidentemente no veÃa, de rostro tierno, afable y angustiado, pasó al estrado de los testigos e hizo una reverencia a aquellos cuya presencia la habÃan enseñado a respetar, aunque no pudiera verlos.
HabÃa algo en su aspecto humilde de ciega, mientras esperaba que le mandaran hacer algo —su pobre mente acongojada no sabÃa qué—, que conmovió profundamente a cuantos la vieron. El abogado se disculpó de nuevo, pero el juez fue incapaz de responder; le temblaba la cara, y los jurados miraron nerviosos al defensor de los acusados. Aquel caballero se dio cuenta de que podÃa extralimitarse y hacerles derivar sus simpatÃas a la otra parte; pero tenÃa que hacer una o dos preguntas. Asà que preguntó, resumiendo rápidamente lo que le habÃa dicho Nathan:
—¿Creyó que era la voz de su hijo la que pedÃa que le dejaran entrar?
—¡SÃ! Nuestro Benjamin volvió a casa, estoy segura; a ver adónde si no.
Volvió la cabeza como si prestara atención para oÃr la voz de su hijo en la silenciosa quietud de la sala.
—SÃ; fue a casa aquella noche, ¿y su marido bajó a abrirle?
—Bueno, creo que sÃ. Oà mucho jaleo abajo.