Cuentos goticos

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Una larga pausa. Juez, jurado, abogado, público, todos contuvieron la respiración. Al final, Nathan dijo:

—¡No!

—¿Y qué hizo entonces?… Señoría, me veo obligado a hacer estas preguntas dolorosas.

—Me di cuenta de que no se tranquilizaría. Siempre creyó que volvería con nosotros como el hijo pródigo del Evangelio —dijo con voz entrecortada. Procuró recobrarse y prosiguió con voz firme—: Dijo que si no me levantaba yo lo haría ella, y en ese momento oí una voz. No estoy muy bien últimamente, señores, he estado enfermo, en cama, y por eso tiemblo. Alguien dijo: «Padre, madre, soy yo, estoy muerto de frío. ¿No os levantáis a abrirme la puerta?».

—¿Y la voz era…?

—Se parecía a la de nuestro Benjamin. Ya veo lo que pretende, señor, y le diré la verdad aunque me mate hacerlo. No digo que fuese nuestro Benjamin quien habló, en realidad, sólo digo que parecía…

—Es cuanto quería saber, amigo. Y, en respuesta a ese ruego, hecho con la voz de su hijo, ¿bajó a abrir la puerta a los dos acusados del estrado y a un tercer hombre?

Nathan asintió con un cabeceo, e incluso aquel abogado era demasiado piadoso para obligarle a seguir declarando.


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