Cuentos goticos
Cuentos goticos El anciano miró a su interrogador con la expresión de un animal acorralado. El abogado no olvidaría nunca aquella mirada. Le perseguiría hasta el día de su muerte.
—De piedras en nuestra ventana.
—¿Lo oyó usted primero?
—No.
—¿Quién le despertó, entonces?
—Ella.
—Y entonces oyeron las piedras los dos. ¿Oyó algo más?
Una larga pausa. Seguida de un claro «sí» en voz baja.
—¿Qué?
—A nuestro Benjamin pidiéndonos que le dejáramos entrar. Al menos ella dijo que era él.
—¿Y usted creyó que era él?
—Yo le dije a ella —contestó Nathan, en voz más alta ahora— que se durmiera y que dejara de pensar que cualquier borracho que pasaba era nuestro Benjamin porque él estaba muerto y bien muerto.
—¿Y ella?
—Ella dijo que, antes de despertarse del todo, le pareció haberle oído y que decía que le dejáramos entrar. Pero le pedí que no hiciese caso de los sueños, que se diera la vuelta y se durmiera.
—¿Y lo hizo?