Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡No! Estoy solo. Me he extraviado —iba a seguir con mi explicación cuando él, como si le trajera sin cuidado, me guio hacia una escalinata de piedra tan ancha como varias habitaciones y que tenÃa en cada rellano grandes puertas de hierro macizo con sólidos armazones. Las abrió con la grave lentitud de los años. Es más, a mà me invadió un extraño y misterioso sobrecogimiento por los siglos que habÃan pasado desde la construcción del castillo mientras esperaba que las pesadas llaves giraran en las viejas cerraduras. Tuve casi la impresión de que oÃa un fuerte e impetuoso murmullo (como el incesante y eterno flujo y reflujo de un mar lejano), que venÃa de las grandes galerÃas vacÃas que se extendÃan a cada lado de la escalinata y que se percibÃan vagamente en la oscuridad. Era como si las voces humanas de generaciones y generaciones resonaran todavÃa, como un remolino, en el aire silencioso. También era extraño que mi amigo el portero, que caminaba laboriosamente delante de mÃ, y que se esforzaba en vano por sujetar con sus viejas y débiles manos el hachón que mantenÃa en equilibrio, era extraño, digo, que fuese el único doméstico que vi en los enormes salones y pasajes o encontré en las grandes escaleras. Al final nos detuvimos ante las puertas doradas que daban al salón en el que se reunÃa la familia, o tal vez la cofradÃa, a juzgar por la algarabÃa de voces. HabrÃa protestado al ver que iba a presentarme, sucio y polvoriento de la caminata, con traje de mañana, y ni siquiera el mejor que tenÃa, en aquel gran salon quién sabe delante de cuántos caballeros y damas reunidos; pero el obstinado anciano parecÃa dispuesto a llevarme directamente ante su señor y no prestaba atención a mis palabras.