Cuentos goticos

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No muy lejos de ella estaba el hombre más pequeño que he visto en mi vida, si bien de tan admirables proporciones que nadie podría decir que era enano, pues asociamos cierta deformidad a esa palabra; con una sutil expresión de astucia y experiencia mundana que estropeaba la impresión que sus delicados rasgos regulares habrían transmitido de otro modo. En realidad, no creo que fuese del mismo rango que los demás, porque su vestimenta no correspondía a la ocasión (y, al parecer, era un invitado, no un huésped involuntario como yo); además, algunos de sus gestos y ademanes más parecían ardides de un rústico sin educación que ninguna otra cosa. Explicaré lo que quiero decir: calzaba unas botas que sin duda habían corrido mucho y les habían puesto tantas veces tapas, tacones y suelas como para acabar con la capacidad del zapatero. ¿Por qué las llevaría si no eran las mejores que tenía? ¿Sería su único par? ¿Y qué puede ser menos elegante que la pobreza? Tenía también la molesta costumbre de llevarse la mano a la garganta como si esperase descubrir algo en ella; y también tenía la manía (que no creo que hubiese copiado del doctor Johnson, pues seguro que no sabía quién era) de intentar volver siempre sobre sus pasos por las mismas tablas que había pisado para llegar al sitio concreto de la estancia en que se encontrara. Y, para terminar, en determinado momento oí que le llamaban monsieur Poucet, sin ningún «de» aristocrático delante de nombre, cuando casi todos los demás eran por lo menos marqueses.


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