Cuentos goticos

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Me dijo, no obstante (también en patois), lo mucho que le complacía conocerme, y me acompañó a una butaca curiosamente incómoda, bastante parecida al resto del mobiliario, que podría figurar sin ningún anacronismo junto al del Hôtel Cluny. Entonces se reinició el parloteo en francés que había interrumpido un instante mi llegada, y me dispuse a observar cuanto me rodeaba. Frente a mí se sentaba una linda dama que debió de haber sido toda una belleza en su juventud, y que sería una ancianita encantadora a juzgar por la dulzura de su semblante. Pero era sumamente gorda y, al verle los pies apoyados en un cojín, advertí de inmediato que los tenía tan hinchados que no podría caminar, lo que tal vez fuese la causa de su excesiva embontpoint[35]. Tenía las manos menudas y rollizas, pero bastante ásperas y no todo lo limpias que cabría esperar, de aspecto en modo alguno tan aristocrático como su rostro encantador. Su vestido era de excelente terciopelo negro, con adornos de armiño y cubierto de diamantes.







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