Cuentos goticos
Cuentos goticos Había otros grupos al fondo del salón, todos de la vieja escuela señorial, todos grandes y nobles, imaginé por su aire. Daba la impresión de que se conocían muy bien, como si tuvieran la costumbre de reunirse. Pero interrumpió mis observaciones el caballero minúsculo que estaba al otro lado de la habitación, al cruzarla para ocupar un sitio a mi lado. Es bien sabido que los franceses entablan conversación con facilidad, y con tanta gracia se atuvo al carácter nacional mi amigo pigmeo que no habían transcurrido diez minutos y ya conversábamos de manera confidencial.
Yo ya había caído en la cuenta de que la bienvenida que me habían dispensado todos, desde el portero hasta la señora vivaracha y el sumiso señor del castillo, era para otra persona. Pero se requería cierto grado de coraje moral del que no puedo jactarme, o la desenvoltura y la locuacidad de un individuo más audaz e ingenioso que yo, para sacar de su error a quienes habían incurrido en él tomándome por quien no era. No obstante, el hombrecillo que se me había acercado se ganó hasta tal punto mi confianza que decidí aclararle mi situación exacta y ganármelo como amigo y aliado.
—Madame está envejeciendo a ojos vistas —me dijo en medio de mi perplejidad, echando una ojeada a nuestra anfitriona.
—Madame aún es una mujer admirable —repuse yo.