Cuentos goticos

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—Madame de Miaumiau estaba deseando conocerte —le dijo el caballero a la dama de las rosas—, así que he tenido que acompañarla ¡para que tengas el gusto! —¡Qué cara tan sincera y afable, pero, ay, qué fea! Y, sin embargo, me gustaba su fealdad más que la belleza de muchas personas. Había en su semblante un conmovedor reconocimiento de su fealdad y una reprobación de un juicio demasiado precipitado que resultaban verdaderamente irresistibles. La dama de blanco inmaculado se quedó mirando a mi compañero el ayudante como si ya se conocieran, lo que me desconcertó mucho por su diferencia de rango. Aunque resultaba evidente que sus nervios sintonizaban el mismo sonido, pues al oírse detrás del tapiz un ruido, que más parecía correteo de ratas y ratones que otra cosa, ambos pusieron cara de ansiedad, y por sus movimientos inquietos (ella empezó a jadear y él tenía los ojos dilatadísimos) se advertía que aquellos ruidos corrientes les afectaban a ellos de muy distinta forma que a los demás. El marido feo de la bella dama de las rosas se dirigió entonces a mí:

—Lamentamos mucho que no haya acompañado al señor su compatriota, le grand Jean d’Anglaterre. No sé pronunciar bien el nombre —me dijo, mirándome para que le echara una mano.

«Le grand Jean d’Anglaterre!». ¿Quién sería el gran Juan de Inglaterra? ¿John Bull? ¿John Russell? ¿John Bright?[37]


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