Cuentos goticos
Cuentos goticos —Jean, Jean —prosiguió el caballero, al ver mi turbación—. Ay, estos atroces nombres ingleses… ¡Jean de Géanquilleur!
Me quedé in albis. Y sin embargo el nombre me recordaba vagamente algo. Lo repetà mentalmente. Se parecÃa mucho a John the Giantkiller, aunque sus amigos siempre lo llaman Jack. Lo dije en voz alta.
—¡Eso es! —exclamó él—. Pero ¿por qué no ha venido también a nuestra pequeña reunión esta noche?
Ya me habÃa sentido un poco desconcertado una o dos veces, pero esta seria pregunta aumentó mi perplejidad considerablemente. Bien es cierto que habÃa sido bastante amigo de Juan el Matagigantes en tiempos, en la medida en que la tinta (de imprenta) y el papel pueden sustentar una amistad. Pero hacÃa años que no oÃa nombrarlo; y, que yo supiera, seguÃa encantado con los caballeros del rey Arturo, que estarán en trance hasta que las trompetas de cuatro reyes poderosos reclamen su ayuda cuando Inglaterra la necesite. Pero la pregunta habÃa sido formulada con absoluta seriedad por aquel caballero, a quien yo deseaba causar buena impresión más que a nadie. Asà que respondà respetuosamente que hacÃa mucho tiempo que no sabÃa nada de mi compatriota; pero que estaba seguro de que le habrÃa complacido tanto como a mà asistir a tan agradable reunión de amigos. Bajó la cabeza, y tomó la palabra la dama coja.