Cuentos goticos
Cuentos goticos Recordé primero con una sonrisa cómo localizó a un pariente mÃo un conocido que habÃa extraviado u olvidado su dirección. Este pariente mÃo, mi querido primo el señor B., pese a lo encantador que es en muchos aspectos, tiene la peculiaridad de que le gusta cambiar de alojamiento una vez cada tres meses como media, lo que desconcierta bastante a sus amigos del campo, que, en cuanto consiguen memorizar el número 19 de Belle Vue Road, Hampstead, tienen que esforzarse en olvidar esa dirección y en recordar el 271/2 de Upper Brown Street, Camberwell; y asà sucesivamente, hasta el punto de que yo preferirÃa aprenderme el diccionario de pronunciación de Walker, que hacer memoria de las diversas direcciones que he tenido que poner en las cartas al señor B. los tres últimos años. El verano pasado tuvo a bien trasladarse a un hermoso pueblo situado a menos de diez millas de Londres, donde hay estación de ferrocarril. Allà fue a buscarle su amigo. (No me extenderé sobre el hecho de que, para seguir su rastro hasta allÃ, y cerciorarse de que residÃa en R., tuvo que ir antes a tres o cuatro alojamientos distintos en los que habÃa vivido el señor B. Dedicó la mañana a hacer indagaciones sobre su paradero, pero habÃa muchos caballeros que pasaban allà el verano y ni el carnicero ni el panadero pudieron decirle dónde se alojaba). No habÃa constancia de su dirección en la oficina de correos, lo que se explicaba por la circunstancia de que le remitÃan toda la correspondencia a su despacho de la ciudad. Finalmente el amigo del campo regresó a la estación y, mientras esperaba el tren, decidió preguntar al empleado, como último recurso.
