Cuentos goticos
Cuentos goticos —No tiene nada de extraño —dijo ella con aspereza—. Siempre fue muy estúpido y no para de cometer errores de los que es él quien sale peor parado; le está muy bien empleado, por ser tan crédulo y tan cobarde. ¡No tiene nada de extraño! Si quisieras… —se volvió hacia su marido y no pude oÃr lo que le decÃa, hasta que capté—: Entonces todos tendrÃan sus derechos y nosotros vivirÃamos tan tranquilos. ¿No le parece, monsieur? —me preguntó.
—Si estuviera en Inglaterra supondrÃa que se referÃa al proyecto de ley de reforma o al milenio, pero la verdad es que no tengo ni idea.
Y mientras hablaba, se abrieron de par en par las grandes puertas plegables y todos se pusieron en pie para recibir a una anciana menuda que se apoyaba en una varita negra y…
—Madame la Féemarraine[39] —anunció un coro de voces agudas y melodiosas.
Y al momento, me encontré tendido en la hierba junto a un roble hueco. La gloria del amanecer me daba de lleno en la cara, y miles de pajarillos y delicados insectos saludaban con sus trinos y silbidos la llegada del esplendor rojizo.