Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Yo fui a tomar café allí con unos amigos en 184… Salió a recibirnos el molinero anciano de porte distinguido, pues alguien del grupo lo conocía desde hacía tiempo. Era un hombre fornido, y su voz fuerte y musical, de tono amistoso y campechano, y su vibrante risa de bienvenida armonizaban a la perfección con su mirada aguda y viva, el fino paño de su chaqueta y el sólido aspecto general. Abundaban las aves de corral de distintas clases en el silo, donde contaban con generosos medios de subsistencia desparramados por el suelo; pero no contento con ello, el molinero sacaba puñados de trigo de los sacos y se los echaba liberalmente a gallos y gallinas, que corrían casi bajo sus pies con avidez. Y, mientras hacía esto, como si fuese algo habitual, hablaba con nosotros y llamaba de vez en cuando a su hija y a las camareras para que se apresuraran con el café que habíamos pedido. A continuación, nos acompañó a una pérgola y se ocupó de que nos sirvieran a su gusto con lo mejor de cuanto pidiésemos. Y luego nos dejó para recorrer todas las pérgolas y asegurarse de que atendían bien a todos los grupos. Y, mientras iba de un lado a otro, este hombre de aspecto feliz y próspero silbaba suavemente uno de los aires más tristes que he oído en mi vida.




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