Cuentos goticos
Cuentos goticos Mi amiga pidió permiso a la hija del dueño para pasar a ver a su madre. Se lo dio, y entramos en un cuarto interior, una especie de salón que dominaba el Neckar; muy pequeño, muy luminoso y muy cargado. El suelo estaba muy encerado y resbaladizo. Los espejos estrechos y alargados de las paredes reflejaban el continuo movimiento del río. Había una estufa de porcelana blanca con algunos adornos anticuados de latón, un sofá tapizado con terciopelo de Utrecht, con una mesita delante y una alfombra de estambre en el suelo, un jarrón de flores artificiales; y, por último, una alcoba con una cama, en la que yacía la esposa paralizada del buen molinero, que tejía afanosamente. Todo lo cual formaba el mobiliario. He hablado como si esto fuese cuanto había que ver en la habitación, pero, mientras yo me sentaba tranquilamente y mi amiga tenía una animada conversación en un idioma que sólo entendía a medias, me llamó la atención un cuadro que había en un rincón oscuro de la estancia y me levanté para examinarlo de cerca.