Cuentos goticos
Cuentos goticos Mi padre tenía el molino del Neckar, como ya sabes, donde vive ahora tu tío Scherer, al que conociste hace poco. Recordarás la sorpresa con que nos recibieron allí el año pasado. Y que tu tío no me creyó cuando le dije que yo era su hermana Anna, a quien había dado por muerta hacía mucho tiempo, y tuve que llevarle al pie del retrato que me pintaron de joven y hacerle notar rasgo por rasgo el parecido; y que, mientras hablaba, fui recordando y recordándole todos los detalles de la época en que lo pintaron: las alegres palabras que cruzábamos entonces, un chico y una chica felices, la posición de los muebles en la habitación, las costumbres de nuestro padre, el cerezo, cortado ahora, que sombreaba la ventana de mi dormitorio, por la que solía pasar mi hermano para saltar a la rama más alta que aguantara su peso, desde donde me pasaba el gorro lleno de fruta al alféizar de la ventana en el que yo me sentaba, demasiado asustada para comer las cerezas.