Cuentos goticos
Cuentos goticos Cuando el caballero se marchó, madame Rupprecht me felicitó por la conquista, porque él apenas había dirigido la palabra a nadie más, en realidad, aparte de lo estrictamente requerido por la cortesía, y casi se había invitado a volver por la tarde con una nueva canción muy de moda en París, según dijo. Madame Rupprecht me explicó que se había pasado toda la mañana fuera recogiendo información sobre monsieur de la Tourelle. Era un propriétaire, vivía en un pequeño castillo en las montañas de los Vosgos, donde también tenía tierras, aunque contaba con una gran renta de algunas fuentes totalmente independientes de esta propiedad. En conjunto, era un buen partido, según observó enfáticamente. No creo que se le ocurriera nunca que yo pudiera rechazarle después de este informe sobre sus bienes, ni creo que hubiese permitido, en su caso, elegir a Sophie, ni siquiera si hubiese sido viejo y feo en vez de joven y apuesto. No sé muy bien si yo lo amaba o no, han pasado demasiadas cosas desde entonces que nublan mis recuerdos. Él me tenía mucho cariño; casi me asustaba por el exceso de sus demostraciones de amor. Y era tan encantador con quienes me rodeaban que todos hablaban de él como del hombre más fascinante del mundo, y de mí como de la joven más afortunada. Me sentía aliviada cuando sus visitas terminaban, aunque añoraba su presencia cuando no acudía. Prolongó la visita en casa del amigo con quien se hospedaba en Carlsruhe para cortejarme. Me cubría de regalos que yo era reacia a aceptar, pero madame Rupprecht parecía considerarme una gazmoña afectada si los rechazaba. Muchos regalos eran joyas antiguas muy valiosas, sin duda de su familia; aceptándolos dupliqué los lazos que las circunstancias, más que mi consentimiento, estaban formando a mi alrededor. En aquel entonces no escribíamos cartas a los amigos ausentes con tanta frecuencia como ahora, y en las pocas que había escrito a casa no había querido hablar de él. Pero al final supe por madame Rupprecht que ella había escrito a mi padre comunicándole la magnífica conquista que había hecho y pidiéndole que asistiera a mis esponsales. Me quedé perpleja. No tenía ni idea de que las cosas hubieran ido tan lejos. Pero, cuando me preguntó en tono severo y ofendido qué me había propuesto si no pensaba casarme con monsieur de la Tourelle (había aceptado sus visitas, sus regalos y todas sus insinuaciones sin manifestar la menor repugnancia… y todo eso era cierto; no había manifestado repugnancia, aunque no quería casarme con él, al menos no tan pronto), ¿qué podía hacer más que bajar la cabeza y aceptar en silencio la rápida indicación del único camino que me quedaba si no quería que me tuvieran por una coqueta desalmada el resto de mi vida?