Cuentos goticos
Cuentos goticos Una noche, estaba con Sophie, deseando que llegara la hora de la cena para volver a casa y poder hablar con ella, algo estrictamente prohibido por las normas de etiqueta de madame Rupprecht, que sólo permitía la conversación necesaria entre los miembros de la misma familia en sociedad. Así estaba, como digo, conteniendo a duras penas las ganas de bostezar, cuando llegaron dos caballeros, a uno de los cuales no conocía nadie, por la ceremonia con que el anfitrión le saludó y se lo presentó a la anfitriona. Pensé que no había visto nunca a alguien tan apuesto y elegante. Llevaba el pelo empolvado, por supuesto, pero se veía por su tez que era rubio de color natural. Tenía los rasgos tan delicados como una joven, y realzados por dos pequeños mouches, como llamábamos entonces a los lunares, uno junto a la comisura izquierda de los labios y otro que le alargaba, por así decirlo, el ojo derecho. Vestía de azul y plata. Me quedé tan arrobada por su belleza que, cuando la señora de la casa se acercó a presentármelo, me sorprendió tanto como si me hubiese hablado el arcángel Gabriel. Lo llamó monsieur de la Tourelle, y él me habló en francés. Le entendí perfectamente, pero no me atreví a contestarle en ese idioma. Entonces probó en alemán, y lo hablaba con un leve ceceo que me pareció encantador. Pero, antes de que terminara la velada, ya estaba un poco harta de la suavidad afectada, del afeminamiento de sus modales y de los exagerados cumplidos que me prodigó y que produjeron el efecto de que todos se volvieran a mirarme. Sin embargo, a madame Rupprecht le encantaba precisamente lo que a mí me disgustaba. Le gustaba que Sophie o yo causásemos sensación; claro que habría preferido que fuese su hija, pero la amiga de su hija era la segunda alternativa. Cuando nos marchábamos, oí que intercambiaba cortesías con monsieur de la Tourelle solícitamente, de lo que deduje que el caballero francés iría a visitarnos al día siguiente. No sé si eso me complació o me asustó más, pues me había pasado la velada aguantando el equilibrio de los buenos modales. De todos modos, me halagó que madame Rupprecht hablase como si le hubiera invitado porque le había complacido mi compañía, y todavía más el sincero placer de Sophie ante el evidente interés que había despertado en un caballero tan fino y agradable. Sin embargo, les costó bastante impedir que saliera corriendo del salón al día siguiente cuando le oímos preguntar en la entrada, al pie de las escaleras, por madame Rupprecht. Me habían hecho ponerme mi vestido de fiesta y también ellas se habían engalanado como si fuesen a asistir a una recepción.