Cuentos goticos
Cuentos goticos La vida en Carlsruhe era muy distinta que en casa. Lo hacían todo más tarde, el café de la mañana era menos cargado, el potaje más caldoso, la carne hervida menos aliviada por otros alimentos, los vestidos más finos y los compromisos de la tarde constantes. Estas visitas no me complacían. No podíamos tejer, lo que habría aliviado un poco el tedio, sino que nos sentábamos en círculo y hablábamos, interrumpidas sólo de vez en cuando por un caballero que, rompiendo el nudo de hombres que conversaban con animación junto a la puerta, cruzaba sigilosamente de puntillas la sala con el sombrero bajo el brazo y, uniendo los pies en la postura que llamábamos la primera en la escuela de baile, hacía una profunda reverencia a la dama a quien iba a dirigirse. La primera vez que lo vi no pude contener una sonrisa; pero la señora Ruppretch se dio cuenta y a la mañana siguiente me dijo con bastante severidad que, por supuesto, dado mi origen campesino, no conocería en lo más mínimo los modales del cortejo ni las costumbres francesas, pero que esa no era razón para que me riera de ellos. Ni que decir tiene que procuré no volver a sonreír en compañía. Mi visita a Carlsruhe tuvo lugar en el año …89, cuando todo el mundo estaba absorto en los acontecimientos de París; y, sin embargo, en Carlsruhe se hablaba más de costumbres francesas que de política francesa. De modo especial madame Rupprecht, que apreciaba muchísimo a los franceses. Y esto también era todo lo contrario que en nuestra casa. Fritz apenas soportaba oír hablar de un francés; y casi había sido un obstáculo para mi visita a Sophie el hecho de que su madre prefiriese que la llamaran madame, en vez de su propio título de Frau.