Cuentos goticos
Cuentos goticos Al final me marché del molino del Neckar. Fue un largo viaje de un día y Fritz me acompañó a Carlsruhe. Las Rupprecht vivían en la tercera planta de una casa que quedaba un poco retirada de una calle principal, en un recinto cerrado, al que accedimos por un portal desde la calle. Recuerdo lo pequeñas que me parecieron las habitaciones comparadas con el amplio espacio del molino, aunque tenían un aire de grandeza que era nuevo para mí y que me complacía, pese a ser un tanto desvaído. La señora Ruppretch era demasiado formal para mi gusto; nunca me sentía cómoda con ella; pero Sophie seguía siendo igual que la recordaba del colegio: amable, cariñosa y algo impulsiva a la hora de manifestar su admiración y su afecto. La hermana pequeña no nos molestaba nada. Madame Rupprecht sólo tenía un objetivo importante en la vida: mantener su posición social; y, como sus medios estaban muy mermados desde la muerte de su marido, no había en su forma de vida mucha holgura, pero sí abundante ostentación; todo lo contrario que en casa de mi padre. Yo creo que mi visita no la entusiasmaba, ya que suponía otra boca que alimentar; pero Sophie se había pasado un año o más suplicándole que le permitiera invitarme y su madre era demasiado educada para no recibirme a lo grande una vez que había aceptado.