Cuentos goticos

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Así estaban las cosas cuando me invitaron a ir a Carlsruhe a visitar a una compañera de colegio a quien había tenido mucho cariño. Babette era muy partidaria de que fuera; creo que no me apetecía marcharme, pese a lo mucho que había querido a Sophie Rupprecht. Pero siempre había sido tímida con la gente que no conocía. De un modo u otro, lo arreglaron todo por mí, no sin que antes tanto Fritz como mi padre se informaran sobre el carácter y posición de la familia Rupprecht. Averiguaron que el padre había desempeñado cierto cargo menor en la corte del gran duque, y que había muerto, dejando una viuda, una dama noble, y dos hijas, la mayor de las cuales era mi amiga Sophie. La señora Rupprecht no era rica, pero sí más que respetable: distinguida. Una vez comprobado esto, mi padre no se opuso a mi partida; Babette la aceleró con todos los medios a su alcance, e incluso mi querido Fritz se pronunció a favor. Sólo Kätchen se oponía, Kätchen y Karl. La oposición de Karl me impulsó más a ir a Carlsruhe que ninguna otra cosa. Pues podía haberme negado, pero cuando él empezó a preguntar de qué servía andar de acá para allá, visitar a extranjeros de quienes nadie sabía nada, cedí a las circunstancias, al tirón de Sophie y al empujón de Babette. Soporté ofendida en silencio que Babette inspeccionara mi ropa, decidiera que un vestido era demasiado anticuado y otro demasiado vulgar para llevarlo en mi visita a una dama noble, y se encargara de gastar el dinero que me había dado mi padre para comprar lo necesario para la ocasión. Y sin embargo me culpé, pues todos los demás la consideraban muy amable por hacer todo aquello; y ella misma tenía buenas intenciones, además.


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