Cuentos goticos
Cuentos goticos Aquellos fueron días felices y tranquilos. Kätchen me ayudaba en las tareas de la casa, y a mi valeroso padre le complacía cuanto hacíamos; siempre fue amable e indulgente con nosotras las mujeres, aunque con los aprendices del molino era bastante severo. Karl, el mayor de estos, era su preferido, y ahora comprendo que mi padre quería que se casara conmigo y que el propio Karl deseaba hacerlo. Pero Karl era brusco e irascible (conmigo no, con los demás), y yo lo rehuía de un modo que le causaba pena, supongo. Y entonces se celebró la boda de tu tío Fritz; y llevó a Babette al molino para que fuese la señora. No es que me importara nada ceder mi puesto pues, pese a la gran bondad de mi padre, siempre me asustaba no arreglármelas bien con una familia tan numerosa (con los hombres y una muchacha que ayudaba a Kätchen, nos sentábamos a cenar once personas todas las noches). Pero Babette empezó a criticar a Kätchen y me disgustaba que echaran las culpas a las fieles sirvientas. Y, poco a poco, empecé a darme cuenta de que Babette incitaba a Karl a cortejarme más abiertamente para que, como dijo en una ocasión, acabara de una vez y me llevara a un hogar propio. Mi padre estaba envejeciendo y no se daba cuenta de mi aflicción. Cuanto más se me insinuaba Karl, menos me gustaba. Era un buen hombre en general, pero yo no tenía ninguna gana de casarme y no soportaba que me hablaran de ello.