Cuentos goticos

Cuentos goticos

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—¿Conoces algún defecto o algún delito de este hombre que impida que la bendición de Dios respalde tu matrimonio? ¿Sientes algún tipo de aversión o repugnancia por él?

¿Qué podía contestar yo a eso? Sólo conseguí balbucear que creía que no lo amaba bastante; y mi pobre padre anciano sólo vio en mis reticencias el capricho de una niña boba que no sabía lo que quería pero que había ido demasiado lejos para volverse atrás.

Así que nos casamos, en la capilla de la corte, un privilegio que madame Rupprecht se empeñó en conseguir sin escatimar esfuerzos y que debía creer que nos aseguraría toda la felicidad del mundo, tanto entonces como después en el recuerdo.

Nos casamos; y después de dos días de celebración en Carlsruhe entre nuestros nuevos amigos elegantes del lugar, me despedí para siempre de mi amado padre. Había suplicado a mi marido que pasáramos por Heidelberg de camino a su viejo castillo de los Vosgos, pero encontré tanta determinación bajo su apariencia y sus modales delicados, y rechazó mi primera petición tan enérgicamente, que no me atreví a insistir.

—A partir de ahora te moverás en una esfera diferente, Anna —me dijo—; y, aunque es posible que de vez en cuando puedas favorecer a tus parientes, sin embargo, no es aconsejable mucha relación familiar, y es lo que no permito.


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