Cuentos goticos
Cuentos goticos Después de este discurso ceremonioso, casi me dio miedo pedir a mi padre y a Fritz que fuesen a verme, aunque, cuando la pena de despedirme de ellos dominó mi prudencia, les rogué que no tardaran en hacerme una visita. Ellos movieron la cabeza y hablaron de trabajo en casa, de diferentes tipos de vida, de que ahora era francesa. Únicamente mi padre me bendijo finalmente, diciendo:
—Si mi hija es desdichada, Dios no lo quiera, que recuerde que la casa de su padre estará siempre abierta para ella.
Yo estaba a punto de gritar: «¡Oh, llévame entonces ahora, padre, oh, padre mío!», cuando, más que ver, sentí la presencia de mi marido a mi lado. Miraba con aire ligeramente despectivo; y me cogió de la mano y me llevó llorando, diciendo que las despedidas breves eran siempre las mejores cuando eran inevitables.