Cuentos goticos
Cuentos goticos No era alto ni grandioso, pero sí sólido y pintoresco, y yo habría preferido que viviéramos allí en vez de en los elegantes aposentos del nuevo edificio, amueblados a medias, que habían sido acondicionados urgentemente para recibirme. A pesar de la incongruencia de ambas partes, formaban un conjunto unido por intrincados pasadizos y puertas imprevistas, cuya posición exacta nunca comprendí del todo. Monsieur de la Tourelle me llevó a los aposentos reservados para mí y me instaló tan ceremoniosamente como si se tratara de un dominio del que fuese soberana. Se disculpó por los precipitados preparativos, que era cuanto había podido hacer por mí, prometiéndome, sin que se lo pidiese ni se me ocurriera siquiera quejarme, que en pocas semanas serían más lujosos de lo que pudiese anhelar. Pero, cuando vislumbré en la penumbra del atardecer otoñal mi cara y mi figura reflejadas en todos los espejos, en los que apenas se veía un fondo misterioso a la tenue luz de muchas velas que no iluminaban las enormes proporciones del salón medio amueblado, me aferré a monsieur de la Tourelle y le supliqué que me llevara a sus habitaciones de soltero; entonces me pareció que se enfadaba conmigo, aunque simuló reírse, y se negó tan categóricamente a que me instalara en otro sitio que temblé en silencio imaginando las formas y figuras fantásticas que poblarían el fondo de aquellos espejos tenebrosos. Allí estaba mi tocador, un poco menos sombrío; mi dormitorio, con espléndido mobiliario deslustrado, que utilizaría en general como cuarto de estar, cerrando las diversas puertas que daban al salón y a los pasadizos (todas menos una, por la que monsieur de la Tourelle entraba siempre desde sus dependencias en la parte más antigua del castillo). Pero estoy segura de que esta preferencia mía por el dormitorio molestaba a monsieur de la Tourelle, aunque no se molestó en manifestarlo. Siempre me llevaba al salón, que yo aborrecía cada vez más por su absoluta separación del resto del edificio por el largo pasadizo al que daban todas las puertas. Este pasadizo estaba cerrado por gruesas puertas y colgaduras que impedían oír nada de lo que pasaba en las otras partes de la casa, y, por supuesto, los sirvientes no podían oír ningún movimiento ni grito mío a menos que los llamase expresamente. Aquel completo aislamiento era espantoso para una muchacha como yo, que me había criado en un hogar donde todos vivían siempre a la vista de los demás miembros de la familia, sin que faltasen nunca palabras animosas ni la sensación de silenciosa compañía; e incluso más, porque monsieur de la Tourelle, como hacendado, caballero y no sé qué más, solía pasar fuera la mayor parte del día, a veces dos o tres días seguidos. Yo no tenía orgullo que me impidiera relacionarme con los sirvientes; habría sido natural buscar en ellos una palabra de comprensión en aquellos días monótonos en que me quedaba completamente sola si hubiesen sido como nuestros afables sirvientes alemanes. Pero no me gustaban; no sabía por qué. Algunos eran corteses, pero con una familiaridad en su cortesía que me repugnaba; otros eran groseros y me trataban más como a una intrusa que como a la esposa elegida por su señor. Y de los dos grupos, prefería el segundo.