Cuentos goticos
Cuentos goticos Y en ese momento preciso vi, todos lo vimos, que tomaba forma otro fantasma y se perfilaba en la luz azulada y nebulosa que llenaba el vestíbulo; no lo habíamos visto hasta entonces, era otra dama que estaba al lado del anciano, con una expresión de odio implacable y desprecio triunfal. Era muy hermosa, llevaba un sombrero blanco y liso echado sobre la frente altiva y tenía los labios rojos fruncidos. Vestía una bata abierta de raso azul. Yo había visto aquella imagen. Era el retrato de la señorita Furnivall en su juventud; y los terribles fantasmas avanzaron, sin hacer caso de la súplica desesperada de la anciana señorita Furnivall y el bastón alzado cayó sobre el hombro derecho de la niñita y la hermana pequeña miraba pétrea y mortalmente serena. Pero en ese momento las luces tenues y el fuego que no daba calor se apagaron solos y la señorita Furnivall cayó a nuestros pies fulminada por la parálisis, golpeada por la muerte.
¡Sí! La llevaron aquella noche a la cama de la que no se volvería a levantarse. Se quedó echada con la cara hacia la pared, murmurando en voz baja, pero sin dejar de hacerlo un instante:
—¡Ay! ¡Ay! ¡Lo que se hace en la juventud no se puede deshacer después! ¡Lo que se hace en la juventud no se puede deshacer después!