Cuentos goticos

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Parecía casi convulsa por los esfuerzos que hacía para soltarse; pero yo la sujetaba cada vez más fuerte, tanto que me daba miedo hacerle daño; pero antes eso que dejar que se fuese con aquellos fantasmas espantosos. Estos pasaron hacia la gran puerta del vestíbulo, donde los vientos aullaban buscando voraces su presa; pero antes de llegar, la señora se volvió y vi que desafiaba al anciano con un desprecio feroz y altivo; pero luego tembló… y a continuación alzó los brazos en un gesto desesperado y conmovedor para salvar a su niña (su niñita) de un golpe del bastón con que la amenazaba él.

Y la señorita Rosamond se debatía como si la dominara una fuerza mayor que la mía, retorciéndose en mis brazos y gimiendo, aunque estaba casi desfallecida, la pobre.

—Quieren que vaya con ellas a los páramos… me arrastran hacia ellas. ¡Ay, mi niña! ¡Yo iría si esta Hester cruel y malvada no me sujetara tan fuerte!

Pero se desmayó al ver alzarse el bastón, y di gracias a Dios por ello. Justo en ese momento (cuando el anciano alto, con el pelo agitado como por la ráfaga de un horno, iba a golpear a la niña encogida), la señorita Furnivall, la anciana que estaba a mi lado, gritó:

—¡Oh, padre! ¡Padre! ¡Perdona a la niña inocente!


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