Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Hester! ¡Tengo que ir! Mi niña está ahÃ, la oigo. ¡Ya viene! ¡Hester, tengo que ir!
La estreché con todas mis fuerzas; la estreché con firme voluntad. Mi determinación era tan fuerte que, si me hubiese muerto en aquel momento, habrÃa seguido abrazándola. La señorita Furnivall escuchaba, sin prestar ninguna atención a mi niña, que habÃa conseguido bajar al suelo y a la que yo, ahora de rodillas, sujetaba el cuello con ambos brazos, mientras ella seguÃa llorando y forcejeando para soltarse.
De repente, la puerta este cedió con un estruendo atronador, como si se rompiera violentamente, y apareció bajo aquella luz clara y misteriosa la figura de un anciano alto de cabello gris y ojos relumbrantes. Empujaba con incesantes ademanes de aborrecimiento a una mujer bella y adusta, con una niña agarrada a su vestido.
—¡Oh Hester! ¡Hester! —gritó la señorita Rosamond—. ¡Es la señora! La señora de los acebos; y mi niña está con ella. ¡Hester! ¡Hester! Déjame ir con ella, me piden que vaya. Las siento… las siento. ¡Tengo que ir!