Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Mi niñita está llorando, ay, cómo llora! —Intentó levantarse para ir hacia ella, pero se le enredaron los pies en la manta y la agarré, porque habÃa empezado a ponérseme la carne de gallina con aquellos ruidos que ellas oÃan aunque nosotras no pudiésemos captar ningún sonido. Poco después sà se oyeron y cobraron fuerza y se hicieron ensordecedores; también nosotras oÃamos voces y gritos, y ya no el viento invernal que rugÃa fuera. La señora Stark me miró y yo la miré a ella, pero no nos atrevimos a hablar. De pronto, la señorita Furnivall se dirigió a la puerta, salió a la antesala, cruzó el corredor del oeste y abrió la puerta del gran vestÃbulo. La señora Stark la siguió y yo no me atrevà a quedarme sola, aunque casi se me habÃa parado el corazón del miedo que tenÃa. Abracé con fuerza a mi niña y las seguÃ. Los gritos eran más fuertes en el vestÃbulo. ParecÃa que llegaban del ala este, cada vez más cerca, hasta que se oÃan al otro lado mismo de las puertas cerradas, justo detrás. Entonces me di cuenta de que el gran candelabro de bronce parecÃa tener todas las luces encendidas, aunque el vestÃbulo estaba en penumbra, y que habÃan encendido el fuego en la inmensa chimenea, aunque no daba ningún calor, y me estremecà de terror y abracé con más fuerza a mi niña. Pero, al hacerlo, la puerta este tembló y ella, forcejeando de pronto para librarse de mÃ, gritó: