Cuentos goticos
Cuentos goticos Mi dormitorio era la habitación de la esquina del nuevo edificio en la parte contigua a la montaña. De allí podía bajar, por un lado, al jardín apoyando las manos en el alféizar de la ventana sin miedo a hacerme daño; mientras que las ventanas del otro lado daban a una bajada cortada a pico de unos cien pies por lo menos. Siguiendo un poco más por esta ala se llegaba al antiguo edificio; en realidad, estos dos fragmentos del antiguo castillo habían tenido en tiempos anexos parecidos a los que mi marido había reconstruido. Estas habitaciones pertenecían a monsieur de la Tourelle. Su dormitorio se comunicaba con el mío, su vestidor quedaba más lejos. Y eso era casi todo lo que yo sabía, pues tanto los sirvientes como él tenían una habilidad especial para obligarme a volver con cualquier pretexto cuando me encontraban allí sola, pues al principio, por curiosidad, quería ver todo el lugar del que me creía señora. Monsieur de la Tourelle nunca me animó a salir a pasear sola, ni en carruaje ni a pie, y siempre me decía que los caminos no eran seguros en aquellos tiempos agitados. La verdad es que a veces he pensado que había proyectado el jardín, al que sólo podía accederse desde el castillo por sus aposentos, para permitirme hacer ejercicio y estar ocupada bajo su mirada.