Cuentos goticos
Cuentos goticos Pero volvamos a aquella noche. Como ya he dicho, sabía que el gabinete de monsieur de la Tourelle daba a su vestidor, y este a su dormitorio, que a su vez se comunicaba con el mío, la habitación de la esquina. Pero en todas estas habitaciones había otras puertas, que conducían a largas galerías iluminadas por ventanas con vistas a un patio interior. No recuerdo que habláramos mucho de eso; fuimos de mi habitación a los aposentos de mi marido por el vestidor, pero la puerta que comunicaba con su estudio estaba cerrada, así que no tuvimos más remedio que volver e ir por la galería a la otra puerta. Recuerdo que me fijé en una o dos cosas en estas habitaciones, que veía entonces por primera vez. Recuerdo el agradable perfume que impregnaba la atmósfera, los pomos de plata que adornaban la mesa del tocador, y todos los accesorios para bañarse y vestirse, más lujosos incluso que los que me había procurado a mí. Pero la habitación propiamente dicha no tenía dimensiones tan espléndidas como la mía. En realidad, los edificios nuevos terminaban a la entrada del vestidor de mi marido. Había huecos profundos de ventanas en los muros de ocho o nueve pies de grosor, e incluso las particiones entre las cámaras tenían tres pies de fondo; pero sobre todas estas puertas y ventanas había gruesas colgaduras, por lo que yo diría que nadie podía oír en una habitación lo que pasaba en otra. Volvimos a la mía y salimos a la galería. Tuvimos que cubrir la luz. No sé por qué nos dominó entonces el temor de que algún sirviente del ala opuesta rastreara nuestro avance hacia la parte del castillo que sólo utilizaba mi marido. Yo tenía siempre la sensación de que todos los domésticos menos Amante me espiaban de algún modo, y de que estaba atrapada en una red de vigilancia y restricción que abarcaba todos mis actos.