Cuentos goticos
Cuentos goticos Había luz en la habitación de arriba, y Amante quiso retroceder de nuevo, pero me estaban irritando las demoras. ¿Qué mal había en que buscara la carta de mi padre en el estudio de mi marido? Yo, que solía ser la cobarde, culpé entonces a Amante de su inusitada timidez. Pero lo cierto es que ella tenía muchos otros motivos para recelar de los procedimientos de aquella casa que yo ignoraba. La apremié y me obligué a seguir adelante; llegamos a la puerta, cerrada, pero con la llave puesta; abrimos, entramos; las cartas estaban en la mesa, sus rectángulos blancos captaron la luz al instante y se revelaron a mi mirada ávida, deseosa de palabras de amor de mi pacífico y lejano hogar. Pero justo cuando me disponía a examinarlas, alguna corriente de aire apagó la vela que sujetaba Amante y nos quedamos a oscuras. Amante propuso que lleváramos las cartas a mi salón, recogiéndolas como pudiésemos a oscuras, y las devolviéramos luego todas menos la que suponíamos que era para mí. Pero le pedí que fuese ella a mi habitación, donde guardaba yesca y pedernal, y prendiera otra luz; así que se fue y me quedé sola en la habitación, de la que sólo distinguía el tamaño y los principales muebles: una mesa grande, vestida con un paño grueso, en el centro; escritorios y otros muebles grandes pegados a las paredes; pude ver todo esto mientras esperaba, con la mano en la mesa junto a las cartas, de cara a la ventana que, tanto por la oscuridad del bosque que cubría lo alto de la ladera como por la tenue luz de la luna menguante, parecía un simple rectángulo de un negro malva más apagado que la habitación oscura. No sé lo que recordaba de lo que había visto antes de que se apagara la vela, pues sólo había podido echarle una ojeada, ni lo que vi cuando me acostumbré a la oscuridad, pero aquella habitación escalofriante aparece en mis sueños todavía ahora, clara en su profunda oscuridad. No haría ni un minuto que se había marchado Amante cuando noté una nueva oscuridad en la ventana y oí fuera movimientos suaves, suaves pero resueltos y continuados, hasta que se cumplió el objetivo y alcanzó la ventana.