Cuentos goticos
Cuentos goticos Aterrorizada al pensar que alguien pudiese forzar la entrada a aquellas horas, y sin la menor duda acerca de su objetivo, me habría dispuesto a escapar al primer ruido que oí, pero temía que cualquier movimiento rápido llamara su atención; el mismo peligro habría corrido si hubiera abierto la puerta, que estaba entornada, y cuyos picaportes no conocía. De nuevo, rápida como el rayo, recordé el escondrijo que había entre la puerta cerrada del vestidor de mi marido y la colgadura que la cubría; pero renuncié también a eso, creyendo que me pondría a gritar o me desmayaría antes de llegar. Así que me agaché despacio y me metí debajo de la mesa; la gruesa orla del tapete me ocultaba, tal como había esperado. No había salido aún de mi aturdimiento e intentaba convencerme de que allí estaba relativamente a salvo, pues lo que más temía era la traición del desmayo y luché con todas mis fuerzas para cobrar valor e insensibilizarme al peligro, para lo cual me infligí un fuerte dolor. Me has preguntado muchas veces cómo me hice la marca que tengo en la mano; pues fue que, en mi desesperación, me arranqué, implacable, un trozo de carne con los dientes, agradecida por el dolor, que me ayudó a entumecer el pavor. Así que acababa de esconderme cuando oí que varias personas alzaban las hojas de la ventana y una tras otra saltaban por el alféizar y se plantaban a mi lado, tan cerca que podía tocarles los pies. Las oí reírse y cuchichear; la cabeza me daba vueltas y no entendía lo que significaban sus palabras, pero reconocí la risa de mi marido entre las demás: suave, sibilante, despectiva, mientras daba patadas a algo voluminoso que habían arrastrado y dejado en el suelo cerca de mí; tan cerca, que cuando lo tocaba mi marido con la punta del pie, me tocaba también a mí. No sé cómo ni por qué, pero algún sentimiento que no era curiosidad me impulsó a sacar la mano muy despacio, muy poco, y palpar en la oscuridad para ver qué era lo que yacía a mi lado y a lo que mi marido daba aquellos puntapiés. ¡Tanteé sigilosamente con mi palma la mano cerrada y fría de un cadáver!