Cuentos goticos
Cuentos goticos Por extraño que parezca, esto me devolvió en el acto la lucidez mental. Hasta ese momento, casi había olvidado a Amante; entonces pensé con rapidez febril cómo podía avisarla de que no volviera; mejor dicho, intenté pensar, pues todos los proyectos eran completamente inútiles, tendría que haberlo comprendido desde el principio. Sólo cabía esperar que Amante oyera las voces de los que se afanaban ahora en encender una luz, echando sapos y culebras porque no encontraban los utensilios necesarios para prender fuego. Entonces oí los pasos de Amante cada vez más cerca. Desde mi escondite veía la línea de luz cada vez más clara debajo de la puerta; se detuvo; los hombres de la habitación (entonces creía que eran sólo dos, pero luego descubrí que eran tres) dejaron lo que estaban haciendo y guardaron silencio, supongo que sin aliento, como yo. Ella abrió la puerta despacio, con un movimiento suave, para impedir que volviera a apagarse la vela. No se oyó nada durante un momento. Luego oí decir a mi marido mientras avanzaba hacia ella (llevaba botas de montar, cuya forma conocía bien yo, ya que pude verlas a la luz):
—Amante, ¿puedo saber qué te trae a mi estudio?