Cuentos goticos

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Amante contestó con una voz completamente distinta a la suya, bronca y baja; pero bastante firme. Dijo que había ido a buscar una carta que creía que había llegado para mí de Alemania. ¡Bien hecho, valerosa Amante! Ni una palabra sobre mí. Monsieur de la Tourelle contestó con una blasfemia horrenda y una amenaza temible. No quería que nadie husmeara en sus aposentos; madame recibiría sus cartas, si había alguna para ella, cuando él decidiera dárselas y si le parecía bien hacerlo. En cuanto a Amante, aquella era la primera advertencia y sería también la última; y, quitándole la vela de la mano, la echó de la habitación, mientras sus compañeros formaban discretamente una pantalla para ocultar del todo el cadáver. Oí el giro de la llave de la puerta (si había tenido alguna idea de huir, desapareció entonces). Ya sólo deseaba que lo que fuese a ocurrirme pasara pronto, porque la tensión nerviosa me superaba. Cuando creyeron que Amante se había alejado lo suficiente, dos voces empezaron a dirigirse a mi marido con furia, reprochándole no haberla retenido, amordazado (más aún, uno era partidario de matarla, alegando que la había visto posar la mirada en la cara del muerto, a quien ahora dio una patada en un arranque de cólera). Parecía que hablaban de igual a igual por la forma de expresarse, aunque se advertía cierto temor en el tono. Estoy segura de que mi marido era su superior, el capitán o algo. Les contestó casi como si se burlara de ellos, diciéndoles que era agotador tratar con idiotas; que seguramente la mujer había dicho la pura verdad y ya se había asustado lo suyo al encontrar a su señor en su habitación, por lo que se habría alegrado de escapar y volver con su señora, a quien probablemente le diría al día siguiente que él había regresado en plena noche. Pero sus compañeros empezaron a insultarme y a decir que, desde que se había casado, sólo servía para ponerse elegante y perfumarse; que podían haberle encontrado veinte chicas más guapas que yo y con mucho más brío. Él contestó en voz baja que le agradaba yo y que con eso bastaba. En todo este tiempo no dejaron de hacer algo con el cadáver, no podía ver qué. Creo que a veces estaban demasiado ocupados desvalijándolo para decir algo; luego lo soltaron de un golpe y empezaron a pelear. Provocaron a mi marido con irritación, enfurecidos por sus respuestas sarcásticas y despectivas y su risa burlona. Sí, mientras levantaban a su pobre víctima difunta —la mejor forma de despojarlo de cuanto llevaba encima de valor—, oí a mi marido reírse como cuando intercambiaba agudezas en el saloncito de la familia Rupprecht en Carlsruhe. Desde aquel momento, lo aborrecí y me daba pavor. Al final, y como para dar por zanjado el asunto, dijo en un tono de fría determinación:


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