Cuentos goticos
Cuentos goticos La verdad es que no me atrevía a hablar siquiera con ella, como si prepararnos así para salir furtivamente de la casa de la sangre en plena noche no fuera sino un episodio corriente de la vida. Me dio instrucciones, breves instrucciones resumidas, sin razones, igual que a una niña pequeña. Y obedecí como una niña. Se acercaba cada poco a la puerta y escuchaba. Y también a cada poco se acercaba a mirar por la ventana, inquieta. Por mi parte, yo sólo la veía a ella y no me atrevía a desviar la mirada ni un momento: y no oía nada en el silencio de la noche más que sus suaves movimientos y los fuertes latidos de mi corazón. Al final, me dio la mano y me guio a oscuras por el salón una vez más hacia la espantosa galería, donde las ventanas proyectaban en el suelo fantasmas luminosos. La seguí, aferrándome a ella sin vacilar, pues para mí era la compasión humana tras el aislamiento de mi atroz espanto. Seguimos, torcimos a la izquierda en vez de a la derecha, pasados mis aposentos, donde el dorado se había teñido del rojo de la sangre, al ala desconocida del castillo que corría paralela al camino principal. Me guio por los pasadizos del sótano, adonde habíamos bajado, hasta llegar a una portilla abierta por la que entraba el aire gélido y frío, que me dio por primera vez una sensación de vida. La puerta daba a una especie de sótano, por el que avanzamos a tientas hacia una abertura que parecía una ventana, pero con barrotes en vez de vidrio, dos de ellos sueltos; Amante sin duda lo sabía, porque los quitó fácilmente, como si lo hubiera hecho muchas veces, y luego me ayudó a seguirla y a salir al aire libre.