Cuentos goticos
Cuentos goticos Tomamos la dirección contraria, siguiendo aún el camino principal. En una hora más o menos, llegamos a la ladera tras una larga subida sin atrevernos siquiera a descansar. Seguimos subiendo y alejándonos antes de que amaneciera del todo. Entonces buscamos un sitio para escondernos y descansar, y nos atrevimos a hablar en susurros. Amante me dijo que había cerrado la puerta que comunicaba la habitación de mi marido con la mía. Y, como en un sueño, me di cuenta de que también había cerrado y quitado la llave que comunicaba mi dormitorio y el salón.
—Esta noche habrá estado muy ocupado para pensar mucho en su esposa, supondrá que está dormida. Me echarán antes de menos a mí, pero ahora estarán descubriendo nuestra desaparición.
Recuerdo que sus últimas palabras me hicieron suplicar que siguiéramos; me parecía que estábamos perdiendo un tiempo precioso buscando un escondrijo. Al final, renunciamos, desesperadas, y seguimos un trecho. La ladera hacía una pendiente muy pronunciada y a plena luz de la mañana nos encontramos en el angosto valle de un río. Más o menos una milla adelante, se alzaba el humo azulado de un pueblo; la rueda de un molino golpeaba el agua muy cerca, aunque no se veía. Nos abrimos paso al abrigo de árboles y arbustos, pasamos el molino y llegamos a un puente de un arco, que sin duda formaba parte del camino entre el pueblo y el molino.