Cuentos goticos
Cuentos goticos —Esto servirá —dijo ella; y nos metimos a rastras y, trepando un poco por la tosca mamposterÃa, nos sentamos en un saliente y nos acurrucamos en la húmeda oscuridad. Amante se sentó un poco más arriba que yo y me hizo apoyar la cabeza en su regazo. Luego me dio de comer y tomó algo ella también; y, abriendo su manto oscuro, tapó completamente las motas luminosas que nos rodeaban; y asÃ, temblando y tiritando, experimentamos una sensación de reposo simplemente por saber que ya no era imperioso seguir avanzando, pues durante el dÃa nuestra única posibilidad de seguir a salvo era no movernos. Pero la penumbra húmeda en que permanecÃamos era debilitante por el simple hecho de que allà nunca llegaba la luz del sol; y me temÃa que antes de que anocheciera y fuera hora de ponernos de nuevo en marcha, perderÃa el conocimiento. Para colmo de males, habÃa llovido todo el dÃa y el riachuelo, alimentado por los múltiples arroyos de la montaña, empezó a crecer hasta convertirse en un torrente que se precipitaba sobre las piedras con un ruido continuo y vertiginoso.