Cuentos goticos
Cuentos goticos Las herraduras de los caballos que pasaban por el puente me despertaban a cada poco del doloroso sueño en que caía continuamente: a veces avanzaban con esfuerzo como si arrastraran una carga, a veces repiqueteando y al galope, y con el grito más agudo de voces masculinas que cortaban el rumor del agua. Al final, cayó el día. Tuvimos que meternos en el agua, que nos cubría por encima de las rodillas, y vadear hasta la orilla. Allí nos quedamos, temblando entumecidas. Incluso a Amante parecía fallarle el valor.