Cuentos goticos

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—Tenemos que pasar esta noche a cubierto como sea —dijo, pues la lluvia caía implacable. No contesté. Creía que el final sería la muerte de una u otra forma. Sólo esperaba que no se añadiese a ella el terror de la crueldad humana. Un minuto después, Amante ya había decidido qué hacer. Seguimos río arriba hasta el molino. Los sonidos familiares, los olores del grano, los muros blanquecinos por la harina, todo me recordaba a mi casa, y tenía la sensación de que debía luchar por salir de aquella pesadilla y despertar y ser de nuevo una muchacha feliz a orillas del Neckar. Tardaron en desatrancar la puerta a la que había llamado Amante: al final, una voz débil preguntó quién era y qué quería. Amante contestó que éramos dos mujeres y que queríamos guarecernos de la tormenta. Pero la anciana replicó con recelo que estaba segura de que era un hombre quien pedía cobijo y que no podía dejarnos entrar. Pero al final se convenció y desatrancó la pesada puerta y nos dejó entrar. No era una mala mujer, pero todos sus pensamientos giraban en torno a un punto: que su amo el molinero le había dicho que no dejara entrar a ningún hombre en su ausencia de ninguna manera, y que no sabía si le parecería igual de malo que dejara entrar a dos mujeres; pero que, como no éramos hombres, nadie podría decir que le había desobedecido, pues era vergonzoso dejar fuera incluso a un perro una noche como aquella. Amante le dijo con agudeza que no le dijera a nadie que nos habíamos guarecido allí y así el amo no podría culparla; y mientras imponía de este modo el secreto como la medida más juiciosa, pensando en otra gente además del molinero, me ayudaba a quitarme rápidamente la ropa húmeda y a extenderla, junto con el manto con que nos habíamos tapado ambas, delante de la gran estufa que calentaba la habitación tal y como requería la débil vitalidad de la mujer. Durante todo este tiempo, la pobre criatura no dejó de razonar consigo misma si había desobedecido las órdenes, de forma tan locuaz que me preocupó, pues dudaba mucho de su capacidad de guardar un secreto si le preguntaban. Luego nos hizo una revelación innecesaria del paradero del amo: había ido a ayudar en la búsqueda del patrón, el sieur de Poissy, que vivía en la mansión que quedaba justo encima y que no había vuelto de la caza el día anterior; así que el intendente temía que le hubiera pasado algo y había pedido a los vecinos que batieran el bosque y la ladera. Nos contó mucho más, dándonos a entender que le gustaría encontrar un puesto de ama de llaves en un sitio con más sirvientes y menos que hacer, porque su vida allí era muy solitaria y monótona, sobre todo desde que se marchó el hijo del amo, que se había ido a las guerras. Luego tomó la cena, que sin duda le habían apartado con mano frugal, por lo que, aunque se le hubiese ocurrido, no tenía bastante para ofrecernos nada. Por suerte, lo único que necesitábamos era calor, y eso, gracias a los cuidados de Amante, estaba volviendo a nuestros cuerpos ateridos. La anciana se adormiló después de cenar, aunque parecía inquieta con la idea de acostarse y dejarnos allí. En realidad, nos hizo claras insinuaciones sobre la conveniencia de que volviéramos a la noche fría y tormentosa; pero le suplicamos que nos dejara estar a cubierto de algún modo, hasta que se le ocurrió una brillante idea, y nos dijo que subiéramos por una escalera a una especie de buhardilla que cubría la mitad de la alta cocina del molino en la que estábamos. La obedecimos (¿qué otra cosa podíamos hacer?) y nos encontramos en un lugar espacioso, sin salvaguarda ni pared, entarimado ni baranda que impidieran que nos cayéramos a la cocina si nos acercábamos mucho al borde. En realidad era la despensa o pañol de la casa. Había ropa de cama almacenada, cajas y baúles, costales, la provisión invernal de manzanas y nueces, fardos de ropa y muchas otras cosas. La anciana retiró la escalera en cuanto subimos, con una risilla, como si ya estuviese segura de que no causaríamos problemas. Se sentó de nuevo a esperar a su amo, dormitando. Sacamos un lecho y nos acostamos con la ropa seca y un poco animadas, esperando poder conciliar el sueño que tanta falta nos hacía para recuperar las fuerzas y prepararnos para el día siguiente. Pero yo no podía dormir, y por la respiración de Amante me di cuenta de que ella tampoco. Por las rendijas de las tablas podíamos ver la cocina, muy parcialmente iluminada por la lámpara común que colgaba de la pared próxima al altillo, al otro lado de donde nos habíamos acostado.


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