Cuentos goticos

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Amante empleó bien el tiempo durante los dos días que transcurrieron antes de marcharnos. Registró todas las cajas y arcones en las ausencias del molinero; encontró en una caja un traje viejo que seguramente había pertenecido al hijo del molinero, se lo puso para ver si le valía; y cuando comprobó que sí, se cortó el pelo como un hombre, me hizo recortarle las cejas negras tanto como si se las hubiese afeitado, y partió corchos viejos en trozos que se metió a los lados de la boca para abultarse los carrillos, cambiando así la forma de la cara y la voz hasta un punto que yo no habría creído posible.

Todo este tiempo yo no salía de mi aturdimiento; mi cuerpo descansaba y recuperaba fuerzas, aunque yo misma estaba casi idiotizada, pues, de lo contrario, no habría mostrado el estúpido interés que recuerdo por los diligentes preparativos para el disfraz de Amante. Recuerdo muy bien la sensación de esbozar una sonrisa con la cara rígida cuando algún nuevo ejercicio de su ingenio acababa felizmente.






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