Cuentos goticos
Cuentos goticos A la mañana siguiente, cuando desperté, vi a Amante medio levantada, apoyada en una mano y mirando la cocina preocupada, aguzando la vista. Miré yo también y las dos oímos y vimos al molinero y a dos de sus hombres que hablaban a voces con impaciencia de la anciana, que no había encendido el fuego como de costumbre ni preparado el desayuno de su amo y a quien acababan de encontrar muerta en la cama, a saber si debido a los golpes de su amo la noche anterior o por causas naturales. Creo que al molinero le remordía un poco la conciencia, pues explicaba afanoso lo mucho que apreciaba a su ama de llaves, y las muchas veces que le había dicho lo feliz que era con él. Los hombres quizá tuviesen sus dudas pero no querían ofender al molinero y acordaron que había que tomar las medidas necesarias para un entierro rápido. Y con eso se fueron, dejándonos tan solas que casi por primera vez nos atrevimos a hablar libremente, aunque todavía en susurros y haciendo continuas pausas por si oíamos algo. Amante adoptó una postura más animosa que yo ante el suceso. Dijo que, si la anciana siguiera con vida, habríamos tenido que marcharnos aquella misma mañana, y que esta partida silenciosa había sido nuestra mejor esperanza, ya que, según todas las probabilidades, la mujer le habría hablado al molinero de nosotras y de nuestro escondite, lo cual, antes o después, habría llegado a oídos de quienes menos deseábamos que lo supiesen. En cambio ahora tendríamos tiempo para descansar y un refugio para ocultarnos durante los primeros días de la intensa persecución que sabíamos con absoluta certeza que se estaba llevando a cabo. Los restos de nuestra comida y la fruta almacenada nos abastecerían de provisiones. Lo único que había que temer era que necesitaran algo del altillo y subiera a buscarlo el molinero o quien fuese. Pero, incluso en ese caso, podríamos disponer las cajas y arcones de tal forma que quedara una parte en sombra y no nos vieran. Todo eso me tranquilizó un poco, pero quise saber cómo íbamos a escapar. La anciana había retirado la escalera que era nuestro único medio para bajar de allí. Amante contestó que podía hacer una escala para bajar los diez pies o así con un rollo de cuerda que había entre las demás cosas, con la ventaja de que podríamos llevárnosla, evitando de este modo dejar pruebas de que alguien se había escondido arriba.