Cuentos goticos

Cuentos goticos

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No te contaré ahora cómo vagamos, sin atrevernos a preguntar, cómo vivimos, los muchos peligros y aún más temores de estar en peligro que pasamos. Sólo te contaré dos aventuras que sucedieron antes de llegar a Fráncfort. Creo que la primera, aunque fatal para una dama inocente, fue sin embargo causa de mi salvación. Y te contaré la segunda para que comprendas por qué no regresé a mi antiguo hogar como esperaba hacer cuando aún estaba en la buhardilla del molinero y pude por fin tratar de hacerme una idea de cómo podría ser mi vida futura. No puedo decirte lo mucho que me encariñé con Amante en el curso de estas andanzas y vacilaciones. A veces he temido desde entonces haberme preocupado por ella sólo por lo mucho que la necesitaba para mi seguridad. ¡Pero no! No fue así, o no sólo ni principalmente. Una vez me dijo que huía para salvar la propia vida tanto como la mía, aunque no nos atrevíamos a hablar mucho del peligro que corríamos ni de los horrores que habíamos pasado. Planeamos un poco lo que sería nuestro futuro rumbo; pero ni siquiera en ese aspecto mirábamos muy lejos. ¿Cómo íbamos a hacerlo cuando cada día ni siquiera sabíamos si veríamos ponerse el sol? Pues Amante sabía o conjeturaba mucho más que yo de las atrocidades de la banda a la que pertenecía monsieur de la Tourelle. Y a cada poco, justo cuando parecía que empezábamos a sumirnos en la calma de la seguridad, encontrábamos rastros de que nos perseguían en todas direcciones. Recuerdo una vez que llegamos a una especie de herrería solitaria (debíamos llevar unas tres semanas caminando agotadoramente, día tras día, por caminos poco transitados, sin atrevernos a hacer averiguaciones sobre nuestro paradero, ni siquiera a mostrarnos indecisas). Estábamos tan cansadas que Amante declaró que, pasara lo que pasara, nos quedaríamos allí aquella noche. Así que entró en la casa y se presentó con audacia como sastre ambulante dispuesto a hacer los trabajos que necesitaran a cambio de alojamiento y comida por una noche para él y para su mujer. Ya lo había hecho un par de veces antes con éxito, porque su padre había sido sastre en Ruán y de pequeña solía ayudarle y conocía la jerga y las costumbres de los sastres, hasta el peculiar silbido y grito que dice tanto en Francia a los del oficio. En esta herrería, como en casi todas las casas solitarias alejadas de las poblaciones, no sólo había un montón de ropa de hombre que necesitaba arreglo y esperaba que la mujer tuviera tiempo, sino también una natural avidez de noticias como la que puede satisfacer un sastre ambulante. Era a primeros de noviembre y estaba oscureciendo cuando nos sentamos, ella con las piernas cruzadas sobre la gran mesa de la cocina de la herrería, junto a la ventana, y yo a su lado, cosiendo otra parte de la misma prenda, y recibiendo de vez en cuando una regañina de mi supuesto marido. De pronto se volvió para decirme algo. Sólo una palabra: «¡Valor!». Yo no había visto nada; estaba sentada fuera de la luz; pero me sentí mal un momento y luego me dispuse a soportar con entereza lo que fuese.


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