Cuentos goticos
Cuentos goticos —La señora tiene razón —dijo—, pero tengo mucha prisa, es urgente. Si supiera mis motivos disculparÃa mi impaciencia. Era un marido feliz y ahora soy un hombre abandonado y traicionado, y persigo a una esposa a quien habÃa entregado todo mi amor, pero que ha abusado de mi confianza y ha huido de mi casa, seguramente con algún amante, llevándose todas las joyas y el dinero que encontró. Es posible que sepa algo de ella. La acompañó en su huida una mujer vil y libertina de ParÃs que yo mismo, pobre cuitado, habÃa contratado como doncella de mi esposa, ¡poco podÃa imaginar la corrupción que metÃa en mi casa!
—¡Será posible! —exclamó la buena mujer alzando las manos.
Amante siguió silbando, un poco más bajo ahora por respeto a la conversación.
—Pero estoy siguiendo el rastro de las malvadas fugitivas. Les sigo la pista —y su rostro hermoso y delicado parecÃa tan feroz como el de un diablo—. No escaparán de mÃ, pero cada minuto que pasa sin encontrar a mi esposa es un minuto miserable. La señora lo comprende, ¿verdad?
Esbozó una sonrisa forzada y ambos volvieron a la fragua como para apresurar otra vez al herrero.
Amante dejó de silbar un momento.
—Seguid igual, sin pestañear siquiera. En pocos segundos se habrá marchado y habrá pasado todo.