Cuentos goticos

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La mujer del herrero encendió su lámpara; Amante se la había pedido hacía cinco minutos. ¡Cuánto agradecimos que no hubiese accedido a dicha petición con mayor prontitud! Pues nos sentábamos en la penumbra simulando coser, aunque casi no veíamos. La mujer colocó la lámpara sobre el fogón, al que se acercó a calentarse mi marido, pues de él se trataba. Luego se dio la vuelta y recorrió la habitación con la mirada, prestándonos el mismo interés que al mobiliario. Amante, con las piernas cruzadas, frente a él, se inclinaba sobre su trabajo silbando en voz baja todo el rato. Mi marido se volvió de nuevo hacia el fuego, frotándose las manos impaciente. Había terminado el vino y la torta y quería marcharse.

—Voy apurado, buena mujer. Dígale a su marido que se dé más prisa. Le pagaré el doble si se apresura.

La mujer fue a cumplir esta orden; y él se volvió de nuevo hacia nosotras. Amante siguió con la segunda parte de la tonada. Él la siguió y silbó la segunda un momento y entonces volvió la mujer del herrero y mi marido se acercó a ella como para recibir la respuesta antes.

—Un momento, señor, sólo un momento. Había un clavo suelto de la pata delantera que está colocando. Retrasaría más al señor si se soltara también.


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