Cuentos goticos

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Me sentó bien un poco de caldo de sidra que estaba preparando, pues de otro modo no hubiese aguantado, a pesar de la mirada de advertencia de Amante y el recuerdo de sus frecuentes ruegos de que actuara conforme a los personajes que habíamos adoptado, ocurriera lo que ocurriese. Dejó de silbar y empezó a hablar con la mujer para que no notara mi nerviosismo, y conversaban animadamente cuando llegó el herrero. Este empezó en seguida a alabar al apuesto caballero que tan bien le había pagado, lamentaba lo que le había pasado y tanto él como su mujer deseaban sinceramente que encontrara a su infame esposa y la castigara como se merecía. Y luego la conversación dio un giro, nada infrecuente en quienes llevan una vida tranquila y monótona; pues parecían competir en contar algún espanto; y la salvaje y misteriosa banda de los Chauffeurs que infestaba todos los caminos que llevaban al Rin, con su jefe Schinderhannes, aportaba muchas historias que me helaron la sangre e incluso hicieron enmudecer a Amante. Se le dilataron y desorbitaron los ojos, palidecieron sus mejillas, y por una vez buscó mi ayuda con la mirada. Esta nueva petición me hizo reaccionar. Me levanté y dije que, con su permiso, mi marido y yo nos iríamos a la cama, pues habíamos viajado mucho y éramos madrugadores. Añadí que nos levantaríamos temprano y acabaríamos el trabajo. El herrero comentó que seríamos pájaros madrugadores si nos levantábamos antes que él; y la buena mujer secundó mi propuesta con amable animación. Una historia más como aquellas y creo que Amante se habría desmayado.


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