Cuentos goticos
Cuentos goticos Salimos de allí en cuanto pudimos, dejando a los bulliciosos y alegres pasajeros cenando. Cruzamos el patio, pedimos una linterna al mozo de cuadra y subimos a gatas las toscas escaleras hasta nuestro aposento encima del establo. No tenía puerta; la entrada era el agujero en el que encajaba la escalera. La ventana daba al patio. Estábamos cansadas y nos dormimos en seguida. Me despertó un ruido en el establo. Escuché un momento y desperté a Amante, poniéndole la mano en la boca para impedir cualquier exclamación, ya que estaba medio dormida. Oímos a mi marido, que hablaba de su caballo con el mozo. Era su voz. Estoy segura. Y Amante también lo dijo. No nos atrevimos a levantarnos para comprobarlo. Siguió dándole instrucciones unos cinco minutos. Cuando se marchó, nos acercamos sigilosamente a la ventana y le vimos cruzar el patio y volver a entrar en la posada. Hablamos de lo que debíamos hacer. Temíamos despertar interés o sospechas si bajábamos y dejábamos la habitación, pues nuestro primer impulso fue huir sin pérdida de tiempo. Entonces el mozo salió del establo y cerró la puerta con llave por fuera.
—Tendremos que intentar pasar por la ventana, bueno, si de verdad es buena idea hacerlo —dijo Amante.